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21 de julio de 2016

Padre Nuestro Latinoamericano

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Padre nuestro que estás en los cielos,

con las golondrinas y los misiles,

quiero que vuelvas antes de que olvides

Cómo se llega al sur de Río Grande.

 

Padre nuestro que estás en el exilio,

casi nunca te acuerdas de los míos,

de todos modos, dondequiera que estés,

santificado sea tu nombre;

No quienes santifican en tu nombre

cerrando un ojo para no ver la uñas

sucias de la miseria.

 

En agosto de mil novecientos sesenta,

ya no sirve pedirte

venga a nos el tu reino,

porque tu reino también está aquí abajo,

metido en los rencores y en el miedo,

en las vacilaciones y en la mugre,

en la desilusión y en la modorra,

en esta ansia de verte pese a todo.

 

Cuando hablaste del rico,

la aguja y el camello,

y te votamos todos

por unanimidad para la Gloria,

también alzó su mano el indio silencioso

que te respetaba pero se resistía

a pensar hágase tu voluntad.

 

Sin embargo, una vez cada tanto,

tu voluntad se mezcla con la mía,

la domina,

la enciende,

la duplica;

Más arduo es conocer cuál es mi voluntad,

cuándo creo de veras lo que digo creer.

Así en tu omnipresencia como en mi soledad,

así en la tierra como en el cielo,

siempre estaré más seguro de la tierra que piso

que del cielo intratable que me ignora.

 

Pero quién sabe,

no voy a decidir que tu poder se haga o deshaga,

tu voluntad igual se está haciendo en el viento,

en el Ande de nieve,

en el pájaro que fecunda a su pájara,

en los cancilleres que murmuran “yes sir”,

en cada mano que se convierte en puño.

 

Claro, no estoy seguro si me gusta el estilo

que tu voluntad elige para hacerse,

lo digo con irreverencia y gratitud,

dos emblemas que pronto serán la misma cosa;

Lo digo, sobre todo, pensando en el pan nuestro

de cada día y de cada pedacito de día.

 

Ayer nos lo quitaste,

dánosle hoy,

o al menos el derecho de darnos nuestro pan;

No sólo el que era símbolo de Algo,

sino el de miga y cáscara,

el pan nuestro.

Ya que nos quedan pocas esperanzas y deudas,

Perdónanos, si puedes, nuestras deudas,

pero no nos perdones la esperanza,

no nos perdones nunca nuestros créditos.

 

A más tardar mañana,

saldremos a cobrar a los fallutos

tangibles y sonrientes forajidos;

A los que tienen garras para el arpa

y un panamericano temblor con que se enjugan

la última escupida que cuelga de su rostro.

 

Poco importa que nuestros acreedores perdonen,

así como nosotros, una vez, por error,

perdonamos a nuestros deudores.

 

Todavía

nos deben como un siglo

de insomnios y garrote,

como tres mil kilómetros de injurias,

como veinte medallas a Somoza,

como una sola Guatemala muerta.

 

No nos dejes caer en la tentación

de olvidar o vender ese pasado,

o arrendar una sola hectárea de su olvido.

 

Ahora, que es la hora de saber quiénes somos

y han de cruzar el río

el dólar y su amor contrarrembolso,

arráncanos del alma el último mendigo

y líbranos de todo mal de conciencia,

Amén.

 

Mario Benedetti (1920 – 2009)

 

Versión original impresa: Mario Benedetti, “Poemas de hoyporhoy”, Editorial Visor Libros, 1998. 

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