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27 de marzo de 2019

No se ve lo mismo yendo que volviendo

Autor/es: Cristina Dinoto

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(Te lo cuenta el hijo de la parábola de Lucas 15:11–31)

El camino de ida se hizo fácil, Padre. Tenía en mis manos lo que parecía la felicidad;
En el camino de ida no pensé en Ti, sólo en qué iba a gastar lo que creía era “mi plata”, pero . . . no se ve lo mismo yendo que volviendo.
Parado en el medio del camino, se me hizo noche oscura, tenía hambre, no tenía ni una mísera moneda, no podía ver más allá. Pensaba y pensaba cada palabra para decirte, preparando el alegato para ser perdonado.
Y fue entonces cuando decidí volver sobre mis pasos, volver a la casa, el lugar donde había sido feliz, entre mi gente, la que me conocía y sabía con sólo una mirada lo que me pasaba, volver a los brazos de mi Padre, sí, ese Padre que en cuanto me divisó salió al camino a buscarme con los brazos abiertos para que yo no tuviera ninguna duda que me estaba esperando, que quería que vuelva y cuando me envolvió en sus brazos y me besó supe dentro mío lo que significa ser perdonado.
Para ser perdonados, siempre, siempre, hay que dar un paso, salir de ese “lugar” donde estamos y no estamos bien; donde algo nos molesta como piedra en el zapato; para sentir el perdón necesitamos la declaración del arrepentimiento, aunque no nos salga bien, aunque se nos confundan las palabras, el Padre siempre entenderá. Y así podremos cubrirnos con su abrazo, así volvemos a sentirnos “dentro de la casa”.

- ¿Así volvemos al Padre? Reconociendo que somos únicos responsables de lo que hicimos mal?
- ¿Volvemos a pedir perdón, sin agregar ninguna excusa? ¿Le decimos al Padre “Ten misericordia de mí”?
- La falta de perdón es como un veneno que tomamos a diario a gotas y que finalmente nos termina envenenando.
El perdón es una expresión de amor. Así lo fue con el Padre y el hijo que vuelve.


P. Cristina Dinoto

(Mendoza, Argentina)

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