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24 de abril de 2009

La palmera

Autor/es: Iglesia Metodista San Pablo (Uruguay

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Nació solita no lejos del pueblo. Entre el camino y el alambrado. Quizás heredera de algún pájaro que trajo la semilla de vaya a saber donde. Porfiada y sufrida nació. No era palmera imponente, deslumbrante, hermosa, de esas que se ven altísimas y elegantes en los bulevares de las ciudades de la costa.
Era palmera humilde a orillas de un pueblo más humilde todavía. Las polvaredas del camino ensuciaban su larga cabellera haciendo que su aspecto fuera siempre gris. Desde chiquita aprendió a conocer los trabajos y realidades de la gente de su pueblo. Gente sencilla, de trabajos duros, pero que gozosa cuidaba siempre la alegría de festejar la vida, sobre todo en ocasiones especiales.
Entre la serranía y el monte de pinos próximo, todos los fines de año veía pasar cantidad de gente que iba y volvía con ramas verdes de pino. Poco después la población se llenaba de luces, de ruidos diferentes, y la gente que pasaba parecía tener un rostro distinto, al menos por esos días.
Después volvía la rutina de polvo y de silencio. Con el paso de los años fue prendiendo que eso que sucedía invariablemente en cierta época del año era algo que las personas llamaban Navidad. Descubrió también que las ramas verdes de pino eran destinadas a adornar las casas y los patios representando un árbol lleno de luces, adornos y regalos.
Así, lentamente le fue naciendo un sueño en su corazón de palmera. Le latía el sueño de ser palmera de Navidad. Cada fin de año se aumentaba el sueño, pero nunca llegaba. Hasta que un año sucedieron dos cosas que la llenaron de esperanza.
En el campito cercano, ese desde donde la miraban codiciosas las vacas cuando era chiquita, allí vino a vivir una familia. Levantaron un rancho de palo, paja y terrón. Rancho humilde pero lleno de niños que correteaban por todos lados. La palmera pasó a ser lugar de juego. Una casita de ramas, unos troncos por banquitos, unas ricas tortas de barro... y la soledad pasó a ser solo un mal recuerdo.
Como si eso fuera poco, muy atenta escuchó a dos funcionarios públicos que miraban el lugar desde el camino y conversaban entre sí: - Allí quedaría bien. Dijo uno señalando el otro lado del camino. -
¿ Y dónde está la palmera no te gusta más? -
No, mejor la usamos de poste para sostener el cable pasante con las luces, así hacemos una portada de luces con el arbolito ahí. Si, tienes razón, va a quedar bien... A los pocos días un grupo de obreros abrieron un gran pozo y plantaron un cedro azul. Todo el mundo lo admiraba: ¡Que árbol más hermoso!
¡Cómo cambió la entrada del pueblo! Para mejor de noche con las luces de colores quedaba bárbaro. Medio pueblo vino a ver. El otro medio vino el día después.
Las miradas se las llevaba todas el cedro adornado. La palmera era como si no existiera, reducida a palo de sostén de un cable con luces. Parecía que la gran oportunidad se le había escapado. Era excesivamente poco convencional adornar una palmera para Navidad. El arbolito tenía que ser un pino, una conífera, y a pesar de los 40° de calor con blancas nieves de algodón entre las ramas.
Sin embargo la palmera no estaba triste. La alegría de los niños que jugaban a su pié compensaba largamente la elección desfavorable de los funcionarios públicos. Más aún, cuando pasó el tiempo y se acercó Navidad, también los niños quisieron tener su arbolito.
Así lo pidieron a mamá. Imposible gurises, no hay trabajo, para la cosecha falta y apenas si tenemos para comer. Lejos de resignarse entre los chiquilines primó el espíritu práctico... La palmera es nuestro árbol de Navidad, concluyeron. Y así fue, así lo sintieron y así actuaron.
Con piedritas de colores adornaron el tronco, pedacitos de vidrio y papeles de colores forrando cajitas sirvieron para adornar las ramas. Un pedazo de cometa en desuso hizo las veces de estrella en lo más alto. A los ojos de los hombres aquello era una pena, a los ojos de los niños una delicia. La palmera estaba rebosante de alegría: para
esos chicos era el árbol más importante de todos: un verdadero milagro. Así lo sentía y lo vivía. Pero no fue todo. Aún quedaba pendiente la sorpresa mayor.
El 24 fue un día espléndido, febril y ruidoso. Todo el mundo se preparaba con todas las ganas. El humo de los asaditos dibujaba garabatos en el cielo. Las pocas nubes que días antes amenazaban lluvia se habían retirado rojas de vergüenza por el horizonte. Todo estaba listo, se hacía la noche y las familias se iban juntando. Mientras en las mesas se compartía la comida los arbolitos titilaban sus lucecitas.
Por supuesto el gran cedro de la entrada orgulloso había recibido a los viajeros. En el rancho del campito cercano también se celebraba. Sin lujos ni grandes comidas, pero con alegría,
- Al fin de cuentas, el Señor nació como en un ranchito ¿no?, decía uno de los más chiquitos que el día antes había escuchado muy atentamente a su maestra de la escuela bíblica hablando de Jesús. En eso estaban cuando ya muy cerca de la medianoche lo inesperado ocurrió. ¡Maravillas modernas! ¡Se cortó la luz! El pueblo entero quedó a oscuras. Como siempre pasa, los últimos de la línea, los de más lejos, los más olvidados siempre se perjudican. -
Las fiestas sobrecargaron las líneas y hubo que tomar una medida técnica de prevención, declaró un funcionario cuando días después le preguntaron. Pero en el momento nadie se acordó de eso, hasta se olvidaron de la luz, del postre, del brindis, de los funcionarios que bajaban la palanca justo ahora, de que eran el último pueblo, el mas perdido, el más olvidado, el más... el menos... porque ni bien se cortó la luz, otro fenómeno lleno los ojos de la gente.
Un remolino de luz, grande como vía láctea, se desplegó por el cielo. ¿Qué es eso? Decían todos entre asombrados y temerosos. Pero no era luz quieta la que alumbraba las calles. Luz llena de vida era, vibrante juguetona. Se fue yendo despacito hasta quedarse concentrada en la palmera de la entrada.
Todo el pueblo fue a ver lo extraordinario: millones de luciérnagas alumbraban destellantes a la palmerita humilde que esa noche brilló con su luz mejor.


Tomado de "Estrechando Vínculos" de la Iglesia Metodista San Pablo de Uruguay
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