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24 de abril de 2009

El silencio

Autor/es: Joyce Dickey de Padilla

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I. ¿Qué significa el silencio para nosotros?

De vez en cuando los que hablan de la contaminación incluyen el ruido en su discurso. Vivimos en una cultura que aprecia y fomenta el bullicio. Hemos llegado al punto de no saber qué hacer si no hay ruido a nuestro alrededor. Siempre hay un trasfondo de radio o música que nadie está escuchando, o de televisión que nadie está viendo. Nos ahogamos en ruido, y el silencio hasta produce miedo en nosotros.

Muchos de nosotros tenemos miedo al silencio. Hace varios años, conversando con una amiga que vive sola, me comentó: “Lo primero que hago al llegar a casa es prender el televisor, no para ver, sino para que el sonido me acompañe. Tengo terror al silencio”. Quizá debemos preguntarnos si nosotros no hacemos algo parecido sin darnos cuenta. El ruido es nuestro constante acompañante. Pensemos por un momento en un día rutinario: ¿Cómo empieza nuestro día? ¿Cómo transcurre el día? ¿Y qué pasa cuando regresamos al hogar de noche?

Nos ahogamos en sonido, y la mayoría de las veces ni nos damos cuenta. Vale la pena hacer una pausa para revisar nuestras vidas y ver si hay algo que podemos hacer al respecto.
¿Por qué nos sumergimos en tanto ruido? ¿Será en parte porque el silencio nos da cierto temor?

Sentimos temor porque pensamos que en el silencio no está pasando nada. Y para nosotros que no pase nada es algo terrible. Aun en la iglesia, como en otros aspectos de nuestras vidas, pensamos que debemos ser productivos, que debemos producir. Por eso cuando hay silencio en el culto, nos parece que algo ha quedado truncado y no se sabe qué hacer. Nos sentimos incómodos. Queremos que alguien rompa el silencio y diga algo. Nunca hemos aprendido cómo usar el silencio de forma creativa no sabemos cómo relajarnos dentro de la profundidad y el poder del silencio.

Cuando el niño pasa en silencio, los padres se preocupan. “¿Qué pasa? Juanito está muy quieto, no hace ruido. Algo malo estará pasando,” dicen, y cuando esto pasa, con frecuencia lo llevan al psicólogo. Allí empiezan el análisis y el tratamiento para que el niño aprenda a entrar a nuestro mundo de ruido y bulla. Hemos aprendido bien la lección y ya de adultos vivimos en un ambiente –especialmente porque vivimos en la ciudad– donde es prácticamente imposible sumergirnos en el silencio. Y cuando vamos al campo, llevamos el radio o el toca cassette para no aburrirnos porque sentimos que allá no hay nada que escuchar. Los sonidos de la naturaleza los percibimos como silencio, y el silencio es algo que no entendemos. Nos toca aprender el valor del silencio.


EL SILENCIO*

El silencio es un tónico del espíritu y del cuerpo. Es energía cósmica que llega hasta las células más profundas de nuestro ser. Los seres vivientes tienen el silencio en su interior ese silencio es parte del silencio del universo.

Los seres humanos aman el silencio son las circunstancias las que les hacen vivir en el bullicio.

El sol, las estrellas, los astros, las plantas, los frutos, las flores y la tierra misma viven en silencio. En silencio viven las hormigas. En silencio vive la creación. Una vida con momentos de silencio es una vida con momentos de eternidad.

El silencio forma al pensador. Los pensamientos humanos provienen de mentes que trabajan en silencio. La concentración en pensar, crear, escribir, pintar, leer, trabajar y meditar, mejora con el silencio.

En el ruido no se puede trabajar, pensar, meditar o crear. El momento en que un ser humano recibe el impacto de un ruido, éste rompe la armonía interior del silencio.

En el ruido no puede haber salud. El silencio es un bálsamo que cura las heridas producidas por el ruido. El silencio rejuvenece, el ruido envejece. El silencio es un alimento que bien dosificado da fortaleza y energía.

Cuando una persona está absorta en una actividad, está en un estado de flujo y este estado de flujo constituye un estado de felicidad. Un pintor que está dibujando con toda su atención, está feliz tal vez, más feliz que cuando contempla su obra terminada.

Se podría decir que el silencio es pariente de la felicidad. Y la felicidad es un estado del alma que rejuvenece y alarga la vida.

*(Adaptación de una carta del Dr. Gonzalo H. Zurita al editor del periódico HOY, Quito, Ecuador, noviembre 6 de 2000.)
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