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24 de abril de 2009

Decepcionado de la iglesia

Autor/es: Patricia Wilson

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Hay quienes ingresan a la iglesia
esperando encontrar una comunidad de santos. Con el tiempo se decepcionan. Es tan frecuente
escucharlo.
Hay una parte en la liturgia de Santa Cena que me gusta mucho.
Cuando se llama a acercarse a la mesa, se nos pregunta con qué
méritos nos acercamos. "Sin ningún mérito", respondemos.
También se nos pregunta qué nos diferencia de los que están fuera del
templo. "Nada nos diferencia", respondemos.
Los que estamos en la iglesia ni tenemos méritos especiales, ni somos
diferentes a los otros. Nuestro único mérito podría ser reconocernos
pecadores necesitados de la gracia y de la misericordia del Señor, y
confiar en que su amor por nosotros nos da la oportunidad de renovar
en nosotros cada día el deseo de ser mejores.
Por supuesto, esto no es excusa para un mal testimonio, aunque muchas
veces el mal testimonio en la iglesia puede nacer justamente de la
soberbia de pensar que estamos "más allá" del pecado de otros. Pero
confío en que el Señor se encarga de juzgar el corazón de cada uno.
Mientras, la solución al final del poema es la única factible: Mirar
a Jesús y no a la gente. Cuando le miramos a él, a veces hasta
miramos con más misericordia las fallas de los hermanos más débiles y
a medida que nosotros nos fortalecemos en la fe, podemos tal vez
ayudarles a avanzar un poco más en ese deseo de poder "llegar al
blanco" alguna vez, como dice Pablo.
Mientras, hay que enseñar a los hermanos nuevos en la fe que entrar
a una comunidad cristiana es sólo es comienzo de un largo camino, un
peregrinaje junto a otros.
A lo mejor así no se decepcionen tanto ¿no?

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